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Verla así sobrepasa cualquier nivel de excitación. Dejarse tocar, su piel entregada a ellos mezclada con la mía, y el deseo que baila entre nuestros cuerpos. Silencio que rebota contra las paredes interrumpido por suspiros de placer. Sin miedos, sin secretos. Abiertos el uno a el otro para formar una energía plenamente sexual. Miradas cómplices de las que se desborda un discurso de agradecimiento, amor absoluto y seducción. La veo con él, con ella, conmigo. Me ve con ella, con él… Todo sucede en este espacio con cuatro personas que deciden intercambiar, sin palabras, los gritos de pieles ansiosas por explorarse.

 

Escrito Por: Debbie Chamlati
Tomado de: Fernanda-Familiar.com

 


Al principio éramos el uno para el otro. Esa típica pareja monógama que cargaba con una lista de pros y contras desde el altar hasta la cama. Nunca he amado a nadie como la amo a ella. Nunca me he perdido viendo a alguien como la veo a ella. Su olor, su mente, su cuerpo, su sonrisa… podría hacer una lista interminable de las virtudes de este ser del cual llevo profundamente enamorado muchos años. Así nos casamos, con la promesa de pertenecer el uno al otro. Como si fuéramos objetos. Como si de verdad estuviera comprando su ser, su cuerpo y su alma para que sean de mi absoluta propiedad el resto de nuestras vidas. Así… una locura total.


Entonces pasaron los años. Llegaron hijos, llegaron problemas y logros económicos, e intentamos seguir siendo los mismos. El amor siempre se mantuvo igual… no nos faltaba nada. Eso era real. Pero recuerdo claramente el día en que comentamos por primera vez la idea de invitar a alguien más a nuestro nido sexual. “¿Amor, te sigue gustando mi cuerpo?”, me preguntó sabiendo que la maternidad la había cambiado. Seguía siendo una mujer sumamente atractiva, pero evidentemente ya no era la misma. “Claro, me encantas. Si sientes que nos hace falta un cuerpo más firme… pues podemos invitar a otra mujer”, le contesté bromeando. Era eso, sólo una broma. “Pues no estaría mal la idea…”, dijo mientras nos besábamos haciendo el amor. La respuesta retumbó en mi cabeza como un eco exquisito. ¿Estaría bromeando ella también?…


Después, con calma y mente fría, retomé el tema. “¿Laura, eso que dijiste de invitar a alguien más, estabas hablando en serio?” Todo dentro de mi rogaba que la respuesta fuera asertiva, pero sabía que estaba pidiendo demasiado. Siempre había pensado que el mayor defecto que tiene la monogamia es el no poder tener relaciones sexuales extramaritales. No poder tocar, besar, sentir a otra persona por el resto de nuestro matrimonio. “Pues creo que sería una buena idea…, contestó. Nunca lo había pensado pero no suena mal. ¿Qué opinas?”. En ese momento la amé aún más. No por querer compartirme, no por querer estar íntimamente con otro hombre, sino por su confianza, su apertura, su sinceridad. Empezaría en ese instante la aventura más maravillosa de mi vida, con ella.


La primera vez que rompimos la monogamia de nuestro matrimonio fue invitando a otra mujer a tener relaciones con nosotros. Era alguien pagada que sabía que estaba ahí para satisfacernos, no para ella. Sabía que era la primera vez que compartíamos nuestra sexualidad con otro ser y eso lo hizo maravilloso. Respetó nuestros deseos y lentamente fuimos descubriéndonos. Nuestros ojos siempre empataron con un lenguaje no verbal que daba pauta a todo lo que iba sucediendo. Nos agarramos el uno al otro del alma, del corazón, del cuerpo… y entramos juntos a este nuevo estilo de vida.


Claro que tener a otra mujer era mucho más atractivo para mí que para ella. Al inicio, imaginarla con otro hombre me costó mucho trabajo. Pero poco a poco entendí que no podía impedirle sentir lo que ella me había permitido a mí. Tenía que dejarla estar con otro hombre, aunque eso me causara mentalmente mucho ruido. Fuimos entonces a nuestra primera Fiesta de Swingers.  Sabíamos que íbamos a ver a otros y que ellos nos verían sin ninguna obligación de hacer nada que no quisiéramos. La regla era “No Es No”, punto. Así empezamos, ella y yo solos… pero el ambiente fue demasiado atractivo para ignorarlo. El lento roce con otros cuerpos nos invitó a abrirnos y soltarnos. De pronto estábamos sumergidos entre múltiples vibras pasionales que se mezclaban prestando sus pieles en busca de explotar el deseo sexual que traíamos dentro. Decir que fue fascinante es definitivamente poco. Llegar a casa, tomados de la mano, habiendo vivido la misma experiencia, abiertos, seguros y felices… fue inexplicable.


A partir de ahí inició nuestra vida como Swingers. Mucho crecimiento personal fue requerido para aceptarlo y gozarlo plenamente. Siempre habíamos crecido creyendo que habían tres tipos de personas: Monógamo, Soltero o Infiel. Nosotros ya no éramos ninguna de esas… Éramos una cuarta que unía todo lo mejor de las otras tres. Somos eso. Disfrutamos de tenernos el uno al otro y de amarnos plenamente. De formar una pareja con dos hijos y una familia estable y unida. Pero también somos seres independientes y vanidosos que siempre deseamos vernos y sentirnos bien para que otras parejas nos deseen. Como el soltero que se sigue cuidando para gustarle a las mujeres o a los hombres. Así, pero casados. Espectacular. Mi mujer cada día se ve mejor. Sé que es sumamente atractiva, no sólo para mi sino también para los demás. Y la mejor parte es que no somos infieles aunque gozamos de disfrutar de otras personas sexualmente hablando. No nos ocultamos nada y aun así vivimos la magia y adrenalina que busca un infiel. ¿Qué más puede pedir una pareja?


La probabilidad de que tu esposa se vaya con alguien más en una relación monógama o abierta, es la misma. La diferencia es que en una relación abierta, siempre regresa a ti por amor, no por miedo. ¿Por qué? Porque tuviste la confianza plena para soltarla y que esté contigo sin obligación, solo por amor. Porque nadie la ve como la ves tú. Nadie la ama ni la impulsa como lo haces tú. Porque no la tratas como tu pertenencia, ni como tu posesión. Respetas su libertad como ser humano. La luz que lleva dentro para dar y recibir sin prejuicios. Eso hace que tu pareja quiera estar contigo. Quiera compartir todo sobre su vida. Sus fantasías, sus miedos, sus deseos…


Hay tres reglas muy importantes para que el ser Swingers funcione. La primera, nunca tener miedo a decir lo que piensas. Poder hablar de todo sin terror a ofender al otro. Hablar de lo que te gusta y disgusta. Si tienes ganas de invitar a alguien o si prefieres no. Todo se vale. No hay juicios ni deben haber ofensas. Segunda, mucha comunicación. Nada de secretos ni mentiras. En el momento en que se empiezan a hacer cosas a escondidas, todo truena. Cualquier deseo que tenga uno de los dos, lo debe comunicar antes de realizarlo. Puede haber un “no” como respuesta, pero también un “sí”. Una relación abierta tiene que ser muy respetuosa. En el momento en el que invitas al miedo y matas la comunicación, entonces te conviertes en una típica pareja monógama asfixiante y encarcelada. La tercera y última, si hace falta una nueva regla, se propone y se deja claro. Así se evita cualquier conflicto.

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En la vida no existe lo bueno y lo malo, existe la consciencia y la inconsciencia. Cuando se hacen las cosas con consciencia, estas alerta y en paz con tus decisiones. Buscas lo mejor para ustedes, no para el modelo social de pareja. No para lo que piensa tu mamá, papá, amigos, abuelos… Nosotros, mi esposa y yo, aprendimos que se vale desear a otras personas. No solo se vale, es normal y totalmente natural. Pero lo que está prohibido es mantener en silencio esos deseos. El verdadero amor viene cuando se permite ser y dejar ser. Cuando te da felicidad la felicidad del otro.


Yo sé que mi experiencia y mi forma de vivir es todavía un tabú. Sé que no muchos comparten mi forma de actuar por el “qué dirán” y piensan que mis ideas son enfermas y hasta perversas, aunque en el fondo la infidelidad los seduce. Obviamente se han sentido atraídos por otras mujeres pero no lo expresan abiertamente en su matrimonio. Sé que algunos quisieran vivir como yo, sin embargo se esconden detrás de los muros de prejuicios y miedos. “¿Y si pierdo a mi pareja?” “¿Y si hablan mal de mí?” “¿Y si a ella le gusta más él que yo?”. Hemos aprendido a vivir pensando de una sola forma, y salir de ahí cuesta mucho trabajo. Aunque tu mente y tu cuerpo te pidan a gritos un cambio, muy pocos escuchan. Por celos, machismos, predisposiciones, educación y mucho más. Hoy como hombre y esposo, comparto mi historia, no para convencerlos, sino simplemente para que sepan que existe un mundo diferente. No para los que buscan salvar su relación ni encontrar una salida fácil. Comparto esto para crear consciencia de los tipos de relaciones que llevamos. De todo lo que vivimos y dejamos de vivir. Me declaro totalmente enamorado de mi mujer y agradecido con la vida.

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